9.8.07

Arte Sin Techo (agosto 2005)

El camino de los murales es una iniciativa del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires que tiene el propósito de mejorar las paredes estropeadas por afiches políticos y otros actos vandálicos. Los muralistas son pintores sin techo, personas que fueron excluidas de la vida urbana -o que nunca entraron en ella- y le entregan arte a la ciudad. Es el gesto del jazmín, que al arrancarle la flor nos perfuma la mano.


“PODRÁN CORTAR LAS FLORES, PERO NO DETENDRÁN LA PRIMAVERA”


Esa frase en la pared del lugar que antes los cobijaba, testimonio contra la injusticia.
El alma de la revolución.

La esperanza como cosquillas en el pecho.
La piel erizada.




Un sendero nos conduce al final del pasillo. Llegamos al abrazo abierto como una puerta. Asoma de la derecha un perro flaco, de un pelaje casi tan brillante como sus ojos, que nos mira y mueve la cola, sin saber de dónde venimos, porqué estamos allí ni adónde vamos.
(Tampoco creo que le interese)
En todas las paredes están las huellas de los pintores, murales en pequeña escala, verdades en marcos hechos a mano o donados por alguien. Parece como si no existiera el dinero. Acabamos de llegar a la cooperativa Arte Sin Techo, de a ratos un mundo aparte, con sus colores, sus caras... hasta que el tren Sarmiento hace retumbar las paredes y nos hace recordar que en realidad no salimos de la jungla de cemento. Aquí, en Medrano 107, se juntan artistas sin techo bajo la coordinación de Felicitas Luisi. El objetivo es reinsertarse en el mercado laboral mediante producir cultura.


De una segunda puerta, ya en el medio de esta estructura que no decide si caerse o levantarse, sale Juan. Una espesa barba negra lucha en vano por ocultar sus cuarenta y tantos años de recorrido. Poco a poco Juan nos guía como turistas en un museo, renegando del turismo y de la simpleza de “mirar y no tocar”, de ver y no comprometerse. Cada pared, cada escombro, cada pintura se impregna de olor a franqueza, a mate, a leña.

Todos en el taller nos sonríen. Juan nos presenta como estudiantes de Comunicación a cada uno de los que hoy fueron al taller. Todos nos regalan un “hola”, y Mariano se tapa la cara saludando con una voz casi ahogada por la timidez.

Subimos las escaleras, allí se encuentra un archivo de lo hecho. El perro nos sigue acompañando mientras nos mira con esos ojos brillantes, limpios. Recorremos el piso de arriba de la mano de Juan, y comienza a hablar de cómo surgió la cooperativa. Un poco renegando de ello, nos cuenta que la iniciativa del gobierno fue un desengaño, que los usaron para figurar en postales y presupuestos del Ministerio de Cultura. La Manzana de las Luces es una incongruencia; no puede haber recuerdo grato de un lugar podrido.
Juan nos cuenta de un compañero fallecido, de su arte, de su carácter. Mientras describe algunas obras suyas y de sus compañeros, el tema de la pobreza es ineludible:

-“No sabés lo que es la calle. Eso no es vida. Pasa que a veces voy en colectivo y te debe pasar a vos también, ver a un chico buscando qué comer en un tacho de basura. Nadie quiere vivir así.”

El silencio nos ahorca, inundando el ambiente de angustia e impotencia. Juan lo enfrenta atemperado mostrándonos la pared donde firmaron los colaboradores principales de la cooperativa. Una pared verde con manitos amarillas de unos 4 años desparramadas de arriba a abajo y, bajo algunas manitos, nombres escritos. Faltan algunos nombres porque la oscuridad de un corte de luz los obligó a irse antes. Cuando vuelvan dejarán su nombre en la pared, bajo cada leal mano abierta, garantía de un espacio a ocupar.


Seguimos recorriendo 4 años de Arte sin Techo, en un paseo tan intrincado como maravilloso. Bajamos las escaleras, y Juan nos invita a pasar al lugar del que él había salido: el taller reformado. Casi obligado por sus ganas (y más obligado por las nuestras), nos muestra algunas fotos de las condiciones en las que estaba el lugar. Un poco en broma un poco en serio, lo llamaron Sarajevo.


El sector que reformaron es el taller, y allí está la gente que los apoya en la dirección artística, en el gabinete psicológico y en el recuerdo, porque varios ya no están. El perro vuelve a olernos mejor. Quizá olvidó nuestro resquemor inicial. Quizá le recordamos a alguien. O simplemente busca comida; no podemos saberlo, no nos lo puede decir, porque no es uno de nosotros... él ya estaba allí, casi como parte del museo. Juan nos lleva arriba; un camino de cuadros nos conduce a una suerte de oficina, preludio del gabinete psicológico y los baños. Desde el gabinete se puede observar todo, como si fuera una torre de vigilancia. Dentro hay muchas cortinas color café con leche. Parece como si estuviéramos dentro de una torta con vista al mundo. Allí guardan tesoros de su arte, recuerdos invaluables de amistad, anhelos consumados. Salimos, y del baño de hombres sale Carlos, que nos lleva aparte porque una periodista austriaca reclama la atención de Juan. Hechas las presentaciones del caso, Carlos nos acompaña al piso de abajo pensando en qué relación tiene la Universidad con la cerveza.

Nuestro interés y entusiasmo contrastan notablemente con la gravedad de Juan y de Carlos. Cada explicación es hecha con solemnidad. No queremos irnos, pero creo que es ineludible sentirnos fuera de lugar, como hablantes de otro idioma.



Al pie de la escalera se encuentra un hoyo cuadrado que tiene dos zapatos blancos, un balde de pintura, una llave y una pluma repartidas en su interior. Ese hoyo no tiene techo. Es el símbolo del Arte Sin Techo, hecho por uno de los que ayudó a reconstruir Sarajevo, que es como le decían los pintores al lugar que el gobierno les cedió para seguir con la cooperativa. El arquitecto murió, pero dejó su legado en el suelo, iluminado con luz blanca y rodeado de pies en un collage imponente.

Volvemos al hall central, el único sin techo. Carlos nos convida un poco más de historia, y nos regala un par de sonrisas. El ambiente es tibio, más allá de los 15º C que nos rodean. No compartimos mucho, pero sentimos juntos el entusiasmo por la respuesta a una iniciativa. Mientras nos vamos recuerdo a Juan, que nos dijo:

“Solos no podemos. Tenemos que tener un objetivo y tratar de buscarlo en conjunto. Así solamente podemos salir”.


Una vez afuera el silencio nos invade, y atinamos a decir unas pocas palabras que reflejan cuál fue el impacto. Queremos quedarnos, pero ¿a qué?¿por dónde empezar?... parece mentira que vivamos en el mismo país, en la misma provincia... qué difícil es sacar la cabeza de nuestro agujero.

1 comentario:

Anónimo dijo...

grossa!!!


M ¬¬